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A L D O U S H U X L E Y

L a f i l o s o f í a p e r e n n e

Traducción de C. A. JORDANA

EDITORIAL SUDAMERICANA BUENOS AIRES

L i b e r a l o s L i b r o s

CUARTA EDICIÓN POCKET Marzo de 1999

© 1947, Editorial Sudamericana S. A.

Título del original en inglés The perennial Philosophy

Diseño de tapa: María L. de Chimondeguy / Isabel Rodrigué



Indice



INTRODUCCIÓN 6

1 - ESO ERES TÚ 10

2 - LA NATURALEZA DE LA BASE 27

3 - PERSONALIDAD, SANTIDAD, ENCARNACIÓN DIVINA 39

4 - DIOS EN EL MUNDO 57

5 - LA CARIDAD 77

6 - MORTIFICACIÓN, DESPRENDIMIENTO, VIDA RECTA 91

7 - LA VERDAD 116

8 - LA RELIGIÓN Y EL TEMPERAMENTO 134

9 - EL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO 147

10 - LA GRACIA Y EL LIBRE ALBEDRÍO 151

11 - EL BIEN Y EL MAL 161

12 - EL TIEMPO Y LA ETERNIDAD 169

13 - SALVACIÓN, LIBERACIÓN, ESCLARECIMIENTO 183

14 - INMORTALIDAD Y SUPERVIVENCIA 192

15 - EL SILENCIO 196

16 - LA ORACIÓN 199

17 - EL SUFRIMIENTO 206

18 - LA FE 212

19 - DIOS NO ES BURLADO 216

20 - TANTUM RELIGIO POTUIT SUADERE MALORUM 221

21 - LA IDOLATRÍA 227

22 - EL EMOTIVISMO 230

23 - LO MILAGROSO 235

24 - RITO, SÍMBOLO, SACRAMENTO 238

25 - EJERCICIOS ESPIRITUALES 248

26 - PERSEVERANCIA Y REGULARIDAD 263

27 - CONTEMPLACIÓN, ACCIÓN Y UTILIDAD SOCIAL 265

LISTA DE OBRAS RECOMENDADAS 271



INTRODUCCIÓN


Philosophia Perennis: la frase fue acuñada por Leibniz; pero la cosa la metafísica que reconoce una divina Realidad en el mundo de las cosas, vidas y mentes; la psicología que encuentra en el alma algo similar a la divina Realidad, o aun idéntico a ella; la ética que pone la última finalidad del hombre en el conocimiento de la Base inmanente y trascendente de todo el ser—, la cosa es inmemorial y universal. Pueden hallarse rudimentos de la Filosofía Perenne en las tradiciones de los pueblos primiti­vos en todas las regiones del mundo, y en sus formas plenamente desarrolladas tiene su lugar en cada una de las religiones superiores. Una versión de este Máximo Factor Común en todas las precedentes y subsiguientes teologías fue por primera vez escrita hace más de veinti­cinco siglos, y desde entonces el inagotable tema ha sido tratado una y otra vez desde el punto de vista de cada una de las tradiciones religiosas y en todos los principales idiomas de Asia y Europa. En las páginas que siguen he reunido cierto número de estos escritos, escogidos princi­palmente por su importancia porque ilustraban eficaz­mente algún punto determinado en el sistema general de la Filosofía Perenne—, pero también por su intrínseca belleza y memorabilidad. Estas selecciones están dispues­tas bajo diversos títulos e incrustadas, por decirlo así, en un comentario mío destinado a ilustrar y relacionar, a desarrollar y elucidar.

El conocimiento es una función del ser. Cuando hay un cambio en el ser del conociente, hay un cambio correspondiente en la naturaleza y la cuantía del conocimiento. Por ejemplo, el ser de un niño se transforma por el desarrollo y la educación en el de un hombre; entre los resultados de esta transformación está un cambio revolu­cionario en el modo de conocer y la cuantía y carácter de las cosas conocidas. A medida que el individuo crece, su conocimiento toma una forma más conceptual y sistemáti­ca, y su contenido factual, utilitario es enormemente au­mentado. Pero estas ganancias se hallan contrapesadas por cierto deterioro en la calidad de la aprehensión inme­diata, por un embotamiento y pérdida de poder intuitivo. O consideremos el cambio en su ser que el científico puede inducir mecánicamente por medio de sus instru­mentos. Equipado con un espectroscopio y un reflector de sesenta pulgadas, un astrónomo llega a ser, en lo que concierne a su vista, una criatura sobrehumana; y, como naturalmente hay que suponer, el conocimiento que po­see esta sobrehumana criatura es muy diferente, así en cantidad como en calidad, del que pueda adquirir un simple contemplador de estrellas con sus ojos meramente humanos.

Y no son los cambios fisiológicos o intelectuales del ser del conociente los únicos que afectan su conocimiento. Lo que sabemos depende también de lo que, como seres morales, decidimos hacer de nosotros mismos. "La prácti­ca —según las palabras de William James— puede cam­biar nuestro horizonte teórico, y puede hacerlo de doble modo: puede conducir a nuevos mundos y suscitar nue­vos poderes. El conocimiento que nunca lograríamos per­maneciendo lo que somos, acaso sea alcanzable en consecuencias de poderes más altos y una vida superior, que podamos lograr moralmente." Diciéndolo más sucinta­mente: "Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios. "Y la misma idea expresó el poeta sufí Jalal-uddin Rumí, en términos de metáfora científica: "El astrolabio de los misterios de Dios es el amor."

Este libro, lo repito, es una antología de la Filosofía Perenne; pero, con ser una antología, contiene pocas citas de escritos de literatos profesionales, y con ilustrar una filosofía, apenas nada de los filósofos de profesión. Ello obedece a una razón muy simple. La Filosofía Perenne se ocupa principalmente de la Realidad una, divina, inherente al múltiple mundo de las cosas, vidas y mentes. Pero la naturaleza de esta Realidades tal que no puede ser directa e inmediatamente aprehendida sino por aquellos que han decidido cumplir ciertas condiciones haciéndose amantes, puros de corazón y pobres de espíritu. ¿Por qué ha de ser así? No lo sabemos. Es uno de esos hechos que hay que aceptar, gústenos o no, y por implausibles e improbables que parezcan. Nada, en nues­tra experiencia diaria, nos da razón alguna para suponer que el agua está compuesta de hidrógeno y oxígeno; sin embargo, cuando sometemos el agua a cierto tratamiento harto duro, se pone de manifiesto el carácter de sus elementos constitutivos. Análogamente, nada, en nuestra experiencia diaria, nos da mucha razón de suponer que la mente del hombre sensual medio posea, como uno de sus ingredientes, algo que se parezca a la Realidad inherente al múltiple mundo o que sea idéntico a ella; sin embargo, cuando esa mente es sometida a cierto tratamiento harto duro, el divino elemento, de que, por lo menos en parte, está compuesta, se pone de manifiesto, no sólo para la mente misma sino también, por su reflejo en la conducta externa, para otras mentes. Sólo haciendo experimentos físicos podemos descubrir la naturaleza íntima de la mate­ria y su poder latente. Y sólo haciendo experimentos psicológicos y morales podemos descubrir la naturaleza íntima del espíritu y su poder latente. En las circunstan­cias ordinarias de la vida sensual media, este poder conti­núa latente, no manifestado. Si queremos despertarlo, debemos cumplir ciertas condiciones y obedecer a ciertas reglas, cuya validez ha demostrado empíricamente la ex­periencia.



Respecto a pocos filósofos y literatos profesionales exis­ten pruebas de que hicieran mucho por cumplir las condi­ciones necesarias para el conocimiento espiritual directo. Cuando poetas o metafísicas hablan del tema de la Filoso­fía Perenne, lo hacen generalmente de segunda mano. Pero en cada época ha habido algunos hombres y mujeres que han querido cumplir las únicas condiciones bajo las cuales, según lo demuestra la cruda experiencia, puede lograrse tal conocimiento inmediato, y algunos de ellos han dejado noticia de la Realidad que así pudieron apre­hender, y han intentado relacionar en un amplio sistema de pensamiento los datos de esta experiencia con los datos de sus demás experiencias. A tales expositores, de primera mano, de la Filosofía Perenne, los que los cono­cieron les daban generalmente el nombre de "santo" o "profeta", "sabio" o "iluminado". Y principalmente a és­tos, porque hay buena razón para suponer que sabían de lo que hablaban, y no a los filósofos o literatos profesiona­les, he acudido para mis selecciones.

En la India se reconocen dos clases de sagrada escritu­ra: los Shruti, o escritos inspirados, autorizados de por sí, pues son resultado de una penetración inmediata en la Realidad última; y los Smriti que se fundan en los Shruti y sacan de ellos su autoridad. "El Shruti dice Shankara— se basa en la percepción directa. El Smriti hace un papel análogo a la inducción, pues, como la inducción, saca su autoridad de una autoridad distinta de sí mismo." Este libro, pues, es una antología, con comentarios explicati­vos, de pasajes sacados de los Shruti y los Smriti de muchas épocas y lugares. Infortunadamente, la familiari­dad con los escritos tradicionalmente consagrados tiende a criar, no precisamente desdén, sino algo que, para los efectos prácticos es casi tan malo: a saber, una especie de reverente insensibilidad, un estupor del espíritu, una in­terna sordera al significado de las palabras sagradas. Por esta razón, al elegir el material para ilustrar las doctrinas de la Filosofía Perenne, según se formularon en Occiden­te, he acudido casi siempre a otras fuentes que la Biblia. Este Smriti cristiano al cual he recurrido se basa en el Shruti de los libros canónicos pero tiene la gran ventaja de ser menos conocido y por tanto, más vivido y, por así decirlo, más audible que ellos. Además, gran parte de este Smriti es obra de hombres y mujeres genuinamente santos que se pusieron en condiciones para saber de primera mano de lo que hablan. En consecuencia puede considerárselo como una forma de inspirado Shruti, válido de por sí, y ello en grado mucho más alto que muchos de los escritos actualmente comprendidos en el canon bíblico.

En los últimos años se han hecho varias tentativas para elaborar un sistema de teología empírica. Pero, pese a la sutileza y fuerza intelectual de escritores como Sorley, Omán y Tennant, el esfuerzo sólo ha logrado un éxito parcial. Aun en manos de sus más aptos expositores la teología empírica no es especialmente convincente. La razón, a mi parecer, debe buscarse en el hecho de que los teólogos empíricos han limitado su atención más o menos exclusivamente a la experiencia de aquellos que los teólo­gos de una escuela más vieja llamaban "los no regenera­dos" esto es, la experiencia de personas que no avanza­ron mucho en el cumplimiento de las condiciones necesa­rias para el conocimiento espiritual. Pero es un hecho, confirmado y reconfirmado durante dos o tres mil años de historia religiosa, que la Realidad última no es clara e inmediatamente aprehendida sino por aquellos que se hicieron amantes, puros de corazón y pobres de espíritu. Siendo ello así, apenas puede sorprendemos que una teología basada en la teología de personas correctas, ordi­narias, no regeneradas sea tan poco convincente. Esta especie de teología empírica está precisamente en el mis­mo pie que una astronomía empírica basada en la expe­riencia de observadores a simple vista. Con ¡os ojos solos, puede descubrirse una pequeña, débil mancha en la constelación de Orion, y no cabe duda de que podría basarse una imponente teoría cosmológica en la observa­ción de esta mancha. Pero tales teorizaciones, por inge­niosas que fuesen, nunca podrían decimos tanto sobre las nebulosas galácticas y extragalácticas como el trato direc­to mediante un buen telescopio, la cámara fotográfica y el espectroscopio. Análogamente, ninguna teorización acer­ca de los indicios que puedan oscuramente atisbarse den­tro de la experiencia ordinaria, no regenerada, del múlti­ple mundo puede decirnos tanto acerca de la divina Realidad como puede aprehender directamente un espíritu en estado de desprendimiento, caridad y humildad. La ciencia natural es empírica; pero no se limita a la expe­riencia de seres humanos en su condición meramente humana, no modificada. Dios solo sabe por qué los teólo­gos empíricos han de creerse obligados a someterse a tal desventaja. Y, por supuesto, mientras confinen la expe­riencia empírica en estos límites tan excesivamente huma­nos, están condenados a la perpetua frustración de sus mejores esfuerzos. Del material que ha querido conside­rar, ninguna mente, aun brillantemente dotada, puede inferir más que un juego de posibilidades o, en el mejor caso de especiosas probabilidades. La certidumbre, válida de por sí, de la visión directa no puede, por la naturaleza misma de las cosas, ser conseguida sino por aquellos que están equipados con "el astrolabio de los misterios de Dios". Si uno mismo no es sabio ni santo, lo mejor que puede hacer, en el campo de la metafísica, es estudiar las obras de los que lo fueron y que, por haber modificado su modo de ser meramente humanó, fueron capaces de una clase y una cuantía de conocimiento más que meramente humanas.




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